Saladin Ahmed orientaliza su guión carcelario con monstruos gigantes y
pasajes iniciáticos kármicos. O eso
me parece a mí. El dibujo de Christian
Ward vuelve a monopolizar la atención del lector hipnotizado. Rayo Negro
recupera la Voz junto a sus extraños compañeros de fuga (parecen una versión
rara de los Guardianes de la Galaxia). Una space
opera psicodélica que me recuerda un poco a la película Cube (Vincenzo Natali, 1997) y sus secuelas. En el #4, Rayo Negro y The
Crusher están atados a una columna de metal. Cada vez les queda menos oxígeno
para respirar. Hablan. Se sinceran. El forzudo exboxeador cuenta su vida. En la
penúltima viñeta, aparece Mandíbulas, el perro teletranportista. Ahmed sabe
escribir diálogos. Ward dibuja en un tono más intimista de lo habitual. Curioso
capítulo. El final encoge el corazón, y todo. El #5 empieza con un flashback dibujado por Frazer Irving en el que vemos crecer
juntos a Rayo Negro y al perro Mandíbulas. A partir de la página 5, Ward se
encarga de ilustrar, con ese estilo psicocósmico que le caracteriza, el rescate
que lleva a cabo Black Bolt de sus compañeros de prisión. Descubren que el
carcelero es un prisionero que se ha trasformado en una especie de vampiro
energético incomprensible. El guión de Ahmed se intoxica con su propia droga.

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