Ña, ña, ña.
Esta Barbarella de serie Z amuerma un
poco. A pesar de ese tono simpático y afrancesado que le imprime Lewis Trondheim a la propuesta
narrativa, Infinity 8 no acaba de
funcionar. Hay que machacar constantemente al lector con la premisa del
reseteado espaciotemporal (la sexy
agente espacial tiene plazos de 8 horas para investigar lo que sea). Este
segundo volúmen de la serie, cede parte del protagonismo (más bien,
antagonismo) a los nazis. Unos nazis bien educados, bondadosos, que venden merchandising y descubren que la cabeza
de Adolf Hitler sigue activa en
algún punto del cementerio espacial que sirve como localización central de
la(s) historia(s). El dibujo de Olivier
Vatine se pasa de blandengue. Editado
en francés por Rue de Sèvres.

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