Un
planeta repleto de criaturas extrañas, edificios peculiares y costumbres llamativas.
Un tufillo indeterminado a Barbarella.
El protagonista, un gay astronauta que no quiere regresar a la Tierra (ni
siquiera –o sobre todo– para evitar una invasión alienígena). Son los puntos
fuertes de esta miniserie. En la segunda entrega, el guión de Chip Zdarsky se toma un respiro y el
dibujo de Kagan McLeod pierde
consistencia. Mal asunto.

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