Al
principio, iba perdido. ¿Quién es quién? ¿Qué les ha pasado? ¿Qué ocurre? No
recordaba nada. Es por mi pésima memoria para los detalles. Sólo recuerdo
sensaciones, no datos concretos. Pero enseguida le pillé el punto a lo que me
contaba Robert Kirkman. Y también el
dibujante Charlie Adlard. Ambos son
unos cuentistas de primera. Kirkman dialoga como un peso pesado de la tragedia
postmoderna; Adlard ilustra como un experto en storyboards transmediáticos. El
protagonista, el expolicía Rick, decide entrenar a su grupo para defenderse de
los ataques de The Whisperers, una banda de asesinos que se cubren la cara con
piel de muerto y adornan sus lindes territoriales con cabezas cortadas clavadas
en picas. Hay apaleamientos, venganzas, un villano que escapa de la cárcel
gracias a un adolescente rabioso. Y muchos personajes: todos con carácter. Ese
es el enganche de esta serie. Los muertos vivientes son un telón de fondo para
la auténtica barbarie: la de los vivos que se matan entre sí.


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