Hay
que ser muy listo, tener mucha memoria y haber leído a los autores
(in)correctos para captar todo el alcance del guión metagenérico de Grant Morrison. De este Grant Morrison
de mediados de los 90, que ya tocaba los mismos temas que toca ahora, 30 años
después. Resulta fascinante su discurso: esa combinación letal entre teatro de
sombras hindú, Orlando transformado en psychokiller sin carne, el Marqués de Sade viajando al futuro, las
guillotinas de la Revolución Francesa, la neoversión apocalíptica de Salò o le 120 giornate di Sodoma de Pasolini, el episodio localizado en
Rennes-le-Château con la cabeza del Bautista
hablando en el idioma de los ángeles, la trama paralela protagonizada por los
poetas románticos Lord Byron y Percy Shelley, etc, etc… Fascinante,
sí, pero indigerible sin bicarbonato sódico cultureta. Morrison le exige
demasiado al lector. Con el dibujo de Jill
Thompson tampoco estoy demasiado conforme. Es feo de cojones, a pesar de su
grotesco e indudable atractivo. O viceversa. Sólo a mí se me ocurre empezar a
leer The Invisibles a partir del
número 5. Esto es insano. Pero no me arrepiento.


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